OMNIA SCRIPTA

PVELLA GEMMAS PROBAT

Godward

El joyero (GODWARD, 1900;  80,5 x 60,5 cm., 1900)

PVELLA GEMMAS PROBAT

Auctor: Robertus Tener a partir de esta pintura de John William Godward (1861-1922, England).

Fue al inicio esta obra latina una breve descripción del momento, del lugar y de la chica que aparece sentada en el peristilo. Pronto Emilia se hizo familiar entre nosotros por sus virtudes, por su inteligente sonrisa reflejada en el espejo al mirarse, por su hermosa y sutil elegancia, y, cómo no, por sus joyas. A medida que se iba probando los pendientes, el collar, el brazalete, nos presenta a su familia: el pater familias, Aemilius, su mater Cornelia, sus fratres Marcus et Lucius, su avia Escribonia, otrora esposa de Augusto, casada ahora en segundas nupcias. Más tarde tuvimos ocasión de conocer a Sextus, un joven enamorado y galante de esos que ya no existen y probablemente nunca existieron.

Posteriormente la acción se desplaza desde Roma a una lujosa villa de Bayas, cerca de Pompeya, propiedad de esta noble familia romana. Allí Cornelia hace los preparativos para recibir a ilustres invitados como Maecenas, Agrippa, Propertius, Horatius, Ovidius y el mismo Augustus junto con su esposa Livia y su hija Iulia. Quizá este día fue el primero de los males para ambos. Pues bien, acuden todos estos ilustres próceres a la villa de Aemilius y Cornelia por un motivo: celebrar el “annus saecularis” (año del siglo), que tenía lugar en la Antigua Roma cada 110 años. Esta efeméride servirá muy bien a los propósitos de Augusto: acaba una época de guerra y sufrimiento; nace una nueva Era, la Pax Augusta. Por fin se cerraron las puertas del Templo de Jano.

En el convivium que tiene lugar en la villa se habla del Amor. Cuando la conversación se estaba saliendo de tono, intervino el poeta Horacio, amigo íntimo de Mecenas, con una composición poética coral (siete chicos y chicas adolescentes) en 19 estrofas sáficas (3 endecasílabos sáficos + un adonio) expresamente creada para la ocasión. Un coro de esclavos y esclavas pusieron la voz, la memoria y el sentimiento.

Tras el canto de esta oda a los dioses gemelos Apolo y Ártemis, célibes ambos, el silencio se hizo entre los asistentes y nadie podía ya articular palabra. Tampoco yo pude seguir escribiendo, porque la Belleza serena y pura plasmada por Godward todavía iluminaba más la música y los versos de Horacio.

FAVETE LINGVIS

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