IMPERATRIX ARS LOQVENDI

DEMÓSTENES EJERCITANDOSE ANTE LAS OLAS,

Jéan-Jules Antoine Lécomte du Nouy

1870

Llegados a un punto y aparte en la consideración de las ideas del Bien y del Mal, necesario nos es llegar a una primera conclusión que permita dirigir nuestros pasos por alguna senda. La conclusión bien podía ser esta: sólo en nuestro fuero interno reside la Moral, pero como hay tantos fueros internos como personas y nada del Hombre nos puede ser ajeno, habrá que aprehender el mínimo común Bien o Mal alojado en al Alma de la Humanidad.

Tarea difícil, mas no imposible. Miremos a la Naturaleza. De acuerdo a las enseñanzas de la Universidad de la Stoa, la felicidad sólo está en vivere secundum naturam (“vivir según la Naturaleza”). Será entonces la Virtus el obrar y el actuar del modo más natural posible. Investiguemos, por tanto,  la Naturaleza, y no sólo la del Hombre, sino también la de Gea y la de Cosmos. Cuando el Homo sapiens encuentre su lugar en el Cosmos, podrá comenzar a valorar cuál es su Razón de Ser. Mientras tanto, tampoco está de más pensar cuál es esta, por si podemos adelantarnos un poco en las previsiones y evitamos así ser arrollados por un meteorito.

Pero antes, vendrá bien saber cómo se desarrolló en la Grecia Antigua el arte de hablar, razonar, convencer y deleitar, la llamada Rhetorica.

El talento natural y superior de Grecia para la actividad intelectual quedó plasmado en la Retórica, vinculada desde sus inicios a la democracia. Los primeros teóricos de este arte son Córax y Tisias de Siracusa, ciudad fundada por Corinto. La caída de la Tiranía a principios del S. V. a. C. y la instauración de la democracia dio lugar a una redistribución de las propiedades de los ciudadanos. Los tribunales judiciales decían a quiénes concedían unas fincas y a quiénes se las negaban. El poder de la Razón y la expresión convincente eran necesarios e imprescindibles para todo ciudadano. El saber comenzó a ocupar lugar. Pronto en Atenas la Retórica cobró auge, al tiempo que la democracia iba adquiriendo mayor radicalidad. Toda Grecia se había entregado al arte supremo de la convivencia entre ciudadanos. La democracia ateniense había florecido mediante la Palabra, pero Sócrates murió por defender la Verdad. Y Esparta, aristocrática y guerrera venció a Atenas, democrática e imperial. Y ni siquiera Demóstenes, culmen  de la oratoria ateniense, pudo parar la fuerza de Filipo II, rey de Macedonia y padre de Alejandro Magno. Eran otros tiempos. ¿O son los mismos?

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