OMNIA SCRIPTA

FEMINARVM TRIA GENERA (Tres tipos de mujeres)

En la entrada anterior del blog fue relatado el tema mítico del Juicio de Paris. La intención era continuar con una interpretación del mismo que nos aclarara el sentido profundo de este mito.  Pienso que es un paradigma antropológico de Occidente que merece suma atención por su actualidad. Intentaré explicarlo de forma sencilla.

Guillaume Guillon-Lethiere nos ilustra la escena en un idílico remanso en el bosque. Paris es un vaquero, más que pastor de ovejas, y justo en ese momento muestra su admiración por Afrodita, que tiene aparcado su carro tirado por cisnes. El carro con pavos reales es el de la diosa Hera, mientras que Atenea aparece de pie con sus lanzas, el casco y la égida.

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Vamos a la interpretación.

Las tres diosas simbolizan tres tipos de mujeres con rasgos idealizados en su carácter divino. Son diosas, no mujeres reales, pero representan esos tres tipos que después encontramos difuminados en las mujeres de todos los tiempos. Paris representa a un hombre, nacido de humanos, aunque reyes, Príamo y Hécabe. Es decir, un mortal que tiene que tomar una decisión vital: elegir a una diosa como prototipo de la mujer que es principal objeto de sus deseos.

Así pues, el juicio de Paris es la decisión que todo hombre debe tomar acerca de la mujer que mejor se ajusta a sus preferencias. Las tres diosas son hermosísimas, pero hay que elegir una a  partir de otras cualidades intrísecas.

La diosa Hera, como hemos visto en la interpretación de Eleanor Antin,  representa el ideal de mujer-esposa. Su marido, Zeus, es el mejor partido al que ninguna diosa pudiera aspirar. Es Hera esposa del rey de los dioses del Olimpo, de lo cual se muestra orgullosa, saciada así su ambición matrimonial. Se sabe hermosa, mas para ella su cometido principal es cuidar del marido, los hijos, la casa. Es posesiva; todo lo que le rodea le pertenece. Su deseo es velar por el bien de la familia, subordinando a ello cualquier otro propósito, salvo alguna oscura intención a la que nadie puede sustraerse y nosotros no osaríamos relatar. Pero, como es natural, le molesta profundamente que Zeus tenga sus amantes, por ello las persigue con denuedo, sin llegar por ello a culpabilizar a su esposo, del cual comprende que no se resista a la hermosura de ninfas y princesas, pues con esa misma hermosura sedujo Hera al Rey de los dioses.

Júpiter y Juno, Annibale Carracci, 1600

Por otro lado, la diosa Afrodita, a quien Paris otorga la manzana de oro, es el prototipo de mujer que utiliza su belleza para seducir a los hombres.

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Nacimiento de Venus, Alexandre Cabanel, 1863

Sabe que es irresistible, porque a todo aquel a quien mira le llega su fuego abrasador. Cautivadora belleza que incita a la pasión y a vivir amores tórridos. Su esposo es Hefesto, cojo, desgarbado, con poca gracia, pero un hábil artífice de armas y joyas, trabajador y entregado a su guapa esposa, esperando muy poco a cambio, tan sólo el placer de la suma contemplación. Afrodita le vuelve loco, hasta tal que punto que le da todo… aquello que puede darle: dinero, cariño, atenciones, comprensión. Pero amor -¡hay el amor!-, prefiere los besos, las caricias, la ternura, la pasión de Ares, dios de la guerra, un luchador de la vida, sin excesivos miramientos por los demás, un amante que colma sus deseos. Afrodita también prefiere héroes cazadores de viril hermosura, como era Adonis; o el agraciado troyano Anquises, con quien tuvo a su hijo Eneas. Tal es su vida, entregada a los sufrimientos del amor, con hijos alos que ama, pero sin una familia estable. Madre de Eros y Anteros, niños traviesos que se dedican a clavar saetas en los corazones de quienes vuelven enamorados y desdeñados.

Y la terna de las diosas se completa con Atenea, la hija favorita de Zeus, engendrada con Mnemósine, diosa de la creación artística. Su genética es extraordinaria.

Pallas Athenea, Gustav Klimt, 1898

Protege las artes y enseña la estrategia de la guerra, en la diestra lleva su lanza, en la cabeza el casco y en el pecho, la égida. La ciudad de Atenas lleva el nombre de la diosa, Palas Atenea, a la cual dedicó el famoso templo en la Acrópolis, el Partenón, donde la diosa de ojos glaucos tiene su estatua crisoelefantina obra del gran escultor Fidias.  Su destino es estar soltera, no ceder a los impulsos eróticos de ningún hombre, por eso es la Diosa Virgen. Es sabedora de que si se entrega como esposa a un marido, no podrá llevar la vida independiente que lleva, luchando con las mismas armas que los hombres, siendo capaz de realizar las mismas tareas que ellos, sin ceder en nada a su arrojo y valentía. Todo lo puede con su voluntad guerrera y su inteligencia maravillosa. Inspira a los artistas con su voluntad de hierro. Sólo éstos se someten a su numen salvífico, aunque a cambio no reciban un amor pandémico, ni celeste; porque obtienen para sus espíritus creadores la voluntad del triunfo. Es, por tanto, Atenea una mujer de hoy en día, que podría ser ejecutiva primera de una gran empresa, jefa de un organismo monetario internacional o presidenta de una gran nación. Ahora bien, soltera, libre, independiente, sin un hombre a su lado que le incordie con las bajas pasiones, la esclavice con una prole a quien cuidar o le atosigue con problemas mundanos. No necesita un hombre, sino que más bien le sobran todos, pues no hay dios ni humano que le iguale en inteligencia. Su héroe más querido es, por supuesto, Odiseo, fecundo en ardides, cuya arma principal es también la inteligencia.

Concluyendo, Hera, Afrodita, Atenea, son  tres prototipos femeninos en grado sumo, inalcanzables como diosas. Hay mujeres que pretenden aunar en su vida estos tres modelos que la sociedad de hoy en día impone como paradigma: buena esposa, buena amante y buena trabajadora. Difícil tarea que ni siquiera las diosas podrían realizar, ¡cuánto menos una mortal!.

Paris, hombre mortal con sus virtudes y us defectos, se ve obligado a elegir un prototipo de mujer y elige a Afrodita, porque él mismo es guapo y seductor, aunque a veces cobarde. Esta misma elección tenemos que realizar algunos hombres en nuestras vidas. Iremos acertados si primero nos conocemos a nosotros mismos y alcanzamos a comprender el tipo de mujer que mejor se ajusta a nuestra naturaleza humana, aunque tendremos que resignarnos a pálidos reflejos de diosas encarnadas en mujeres de carne y hueso. Igualmente cada mujer necesita a un Paris que se compenetre con su alma de diosa, si bien los hombre somos humanos, demasiado humanos para las elevadas pretensiones de féminas que beben néctar y se alimentan de ambrosía.

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