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La descalificación personal como argumento dialéctico

diciembre 17, 2015

Ο_Περικλής_Αγορεύων_στήν_Πνύκα_(Philipp_von_Foltz)

Pericles hablando a los atenienses, Philipp Von Foltz, 1853

Sobre cómo eludir el debate dialéctico mediante descalificaciones a la persona que encarna la defensa de unas ideas: las argumentaciones ad hominem y ad personam.

Se denomina argumentación ad hominem o ad personam, aquella que en lugar de confrontar argumentos en el plano de la lógica y de la razón, se recurre a golpes bajos a la persona para debilitar la argumentación de un oponente. A veces se pretende mostrar la contradicción entre lo que un hombre piensa y aquello que defiende o predica (ad hominem) y en otros casos se trata de una agresión contra la persona a modo de insulto o descalificación (ad personam), lo cual es un ataque directo al ethos o carácter del orador, que como bien dice Aristóteles es fundamento y base de toda argumentación.

Los ataques a la persona no tienen ninguna justificación en política. Las ideas se defienden con argumentos. La dialéctica es el modo civilizado de entenderse entre ciudadanos. Incluso podríamos afirmar que la democracia es el fruto político de la dialéctica, tal y como se estableció en Atenas (S. V a. C) bajo las históricas figuras de Solón, Clístenes, Efialtes y Pericles. Hoy también democracia es libertad. Pero no vivimos en un idílico jardín –Sr Rajoy, despierte- sino en un mundo inmundo en el que las agresiones físicas han llegado a irrumpir en la escena política. Agredir a quien defiende noblemente sus ideas es el acto más incívico imaginable.

Los debates televisados son un mal ejemplo para los ciudadanos, por la habitual falta de respeto entre los oponentes, actitud nada democrática entre tertulianos e incluso entre primeros espadas de algunos partidos políticos, pero encarnada precisamente por aquellos que paradójicamente dicen defender la democracia. La Democracia no una palabra sin contenido, sino una actitud de respeto y solidaridad a la voluntad del pueblo y los ciudadanos que lo integran.

Dicho esto, la España real es la que es. Tautología, pero asimismo triste realidad a la que algunos hace tiempo que ya nos hemos despertado. En nada favorece a la convivencia entre ciudadanos el clima de violencia radical generada en los últimos años por un activismo mal llamado político que no repara en ataques personales ajenos a la nobleza de la dialéctica, agresiones físicas y verbales de quienes amparados en una ética deshumanizada propugnan que el fin justifica los medios.