OLIM IN BACCHALAVREATO

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Un gran historiador latino, Tácito (55 a. C. – 120 d. C.), que vivió la época posterior al Emperador Nerón y sentía una gran admiración por Trajano (53-117), nacido en la culta Bética (Itálica), dijo con razón que “no siempre tiempos pasados fueron mejores”, y hablaba por su propia experiencia. Si nos planteamos esta cuestión en el ámbito educativo, que no deja de ser una emanación directa de lo político, caeríamos en un error, porque ni todo lo pasado es bueno ni todo lo presente es malo, al tiempo que tampoco todo lo pasado es malo, ni lo presente bueno. Las comparaciones entre épocas son odiosas, porque los años de la adolescencia siempre son maravillosos y nos inducen a idealizar lo vivido y a que pensemos que ¡eso sí que era un Bachillerato!

Como exigían tanto, teníamos que espabilarnos muchísimo y arreglárnoslas como pudiéramos para salir adelante. Aprender a trabajar por sí mismo llaman ahora a esta habilidad. Nuestros padres y nuestras madres no eran entonces asesores de deberes escolares. La relación entre maestro y alumno era muy directa, sin intermediarios, lo cual contribuía a reforzar la autoridad del docente. Hoy, sin embargo, la autoridad es cuestionada a cada momento y no sólo por alumnos que reclaman la nota de un examen o se quejan de unas palabras más duras de lo normal, sino también por padres, tutores, jefes de departamento, jefes de estudios, directores de Centros, inspectores, o, llegado el caso, incluso cargos políticos. A mi entender este cuestionamiento de la autoridad que hoy vemos inevitable y plenamente asentado viene a paliar actuaciones erróneas que todos vamos evitando gracias a la experiencia, pero que forman parte también del aprendizaje del docente -que también tiene derecho a equivocarse-, pero por otro lado, rompe la confianza del alumno en el maestro, lo cual provoca daños en la enseñanza muchos mayores que los beneficios que supone el cambio de una nota injustamente otorgada. Cuando un alumno reclama ante el maestro la nota que éste le ha puesto y duda, por tanto, de la capacidad evaluadora de quien enseña, asistimos a una derrota educativa, porque esa falta de confianza se hará extensible a todo lo se aprende en clase. ¿Para qué tanto hablar de valores, si no establecemos un vínculo de confianza y lealtad entre alumnos y profesores? ¿No habría que comenzar por aquí? ¿No sería este un gran paso para la solución de los “problemas de convivencia”?

Y concretando en el Bachillerato, que, si nadie lo remedia, será reformado por enésima vez, voy a contar unos recuerdos y experiencias vividas en primera persona allá por los años 80 desde la óptica del alumno y no la del profesor, que quizá vengan a dar la razón a Tácito, simpre tan optimista con respecto al futuro. O quizá no. Los problemas de la educación hace 25 años eran otros, pero la formación del alumno ¿era mejor o era peor? Juzguen Ustedes.

En muchas asignaturas tocaba sufrir: aprendizaje a través del dolor, como en la misma vida (“pathos mathos” decían los griegos de la Antigüedad). Estudiar y sufrir eran para mí la misma cosa al memorizar las preguntas de música del librito a modo de cartilla.. ¿Qué es la música: es el arte combinar los sonidos y el tiempo? ¿O es el solfeo? No sé, ¡qué más da!, sinceramente, nunca supe qué era una” fusa”, prefería pensar que era una ninfa que se desmayaba entre gemidos; y un “bemol” siempre pensé que era algo de mucha importancia. Sólo escuchábamos Las cuatro estaciones de Vivaldi. Debía de ser porque el profesor se cansaba de traer el tocadiscos aquel tan antiguo (¿o era un gramófono? y no solía pasar de la segunda sesión. A Mozart y Bethoven por supuesto no llegábamos. ¡Ya lo escucharán cuando sean mayores!, debieron pensar. ¡Tampoco son tan importantes! Como a ellos lo que les gusta es el rock…

Aún recuerdo las láminas que presentaba en dibujo: como era torpe con la tinta china, repasaba las líneas con rotulador carioca negro. Yo sabía que el profesor se daba cuenta, pero era muy bueno, y me ponía el cinco. El dibujar polígonos, dado el lado, era como un ablativo absoluto, cuando lo aprendes tenía su encanto. La bisectriz, la hipotenusa, un triángulo isósceles o equilátero. Soberbio vocabulario. Te quedabas a la altura del barro ante las mentes prodigiosas de quienes habían inventado esas palabras. Mejor que no pensaras. A plantear, a operar, a repasar, y que el resultado sea exacto. Pero el dibujo no son matemáticas, menos mal. Los polígonos se ven, aunque no puedan palparse, y tienen un toque de hermosura al tiempo que de frialdad: eran como cubitos de hielo. El “dibujo libre” (sic) era mi preferido. Con cuatro manchas por aquí y por allá me salía un cuadro. Como era abstracto, la nota nunca podía ser inferior a cinco. Lo que más tiempo me llevaba era poner título al cuadro. Sin título el cuadro no tenía sentido. Con título, ya era otra cosa. Se entendía todo. Nunca pude dibujar la cabeza de un caballo. Imposible. El cálculo de las proporciones era mi punto flaco. Así que me incliné por lo abstracto. Imitar a Picasso o Miró parecía fácil, pero Velázquez era intratable. Además, ¡cómo iba yo a pintar en su estilo …, si era de otra época y aquello ya no se llevaba!

La Geografía era dificilísima: los koljós, los polder, el barbecho, el latifundio, el clima continental, borrascas y anticiclones; todo muy interesante. Y la Historia era algo complicadísimo: el mesolítico las decadencias, revoluciones, sucesiones, siempre causas, siempre consecuencias, si no batallas mil y paces sin cuento. Sigo estupefacto todavía. No comprendo cómo mis compañeros mostraban una seguridad tan grande en entender asuntos de otros tiempos. Yo me limitaba a imaginar esas épocas gloriosas: ¡qué bonito el Renacimiento!, odiaba la Edad Media, el Barroco… tan barroco, el Rococó, eso sí que era bonito, lo despreciaban siempre tanto que acabé cogiéndole cariño. Boucher y Fragonard me apasionaron ya entonces, conque no digamos hoy en día.

Llegamos, por fin, al Romanticismo: ¡qué retrato de Lord Byron; lástima de muerte tan tonta; Misolongi, qué palabra tan rara!. Lo de los últimos siglos, todo eran guerras a muerte (¿cómo serán las otras?); las batallas tenían nombres muy raros (nunca explicaban su procedencia); las guerras se contaban con ordinales pero rara vez llegaban al 4º. Menos mal a la segunda mitad del siglo XX, en que todo eran instituciones de paz y asociaciones benéficas: la ONU, la FAO, la UNESCO, UNICEF, la OMS y los Tratados. Y entonces todos pensábamos: ¡es que …somos tan caritativos y estamos tan avanzados!, ¡qué gente tan atrasada había “en aquellas épocas” por el mundo!

Y la Historia de Grecia y Roma … todo eran instituciones y guerras espeluznantes sin ninguna conexión entre ellas. Nunca me hablaron de Troya, y los “micenos” salían por cualquier lado. Lo del Taigeto, eso no faltaba: todos los libros lo ponían, sembrando una semilla de maldad sobre el noble pueblo espartano. ¡Ni que en Atenas o Corinto no se hubieran desprendido de sus hijos no queridos! Atenas era el modelo, eso estaba claro. La tragedia, la comedia, la oratoria, Alejandro Magno, de la democracia ni se hablaba, y después de citar de corrido con esa regla mnemotécnica tan bonita “Eurípides no me sofocles que te esquilo” a los grandes trágicos atenienses, se nos mostraba un busto de Sócrates y/o Platón para que nos quedáramos pasmados de su sabiduría: esas caras la verdad es que impresionaban.

De los romanos se oía hablar a menudo, sobre todo de los Escipiones y, cómo no, de las Guerras Púnicas (otra palabra que nunca explicaban, gracias al latín supe que “púnico” y”fenicio” eran casi lo mismo). Yo creo que era porque sus maestros, antaño en la escuela, les contaron estas gestas, que en esa época pretecnológica resultaban todavía admirables, y ellos nos las transmitían con un gran fervor. La época helenística… nunca supe de su existencia. Sólo que empezaba con la muerte de Alejandro Magno (¡vaya modo de comenzar un período tan hermoso de vivir!) y terminaba …¡a saber cuándo!.

Los romanos comenzaban a explicarse con  las Guerras Púnicas, se mecionaba el acueducto de Segovia y venían los emperadores hispanos en un santiamén. Los bárbaros los invadieron ¡porque eran unos degenerados! Aprended la lección, decían, ellos, los profesores, tan virtuosos, tan nobles y tan sabios. Esa “degeneración” solía ilustrarse con la pintura Les Romanes de la décadance, de Couture, y yo intentaba imaginar el porqué de la mirada de esos romanos (y romanas) recostados (y recostadas) sobre el triclinio. ¡Vamos, que triclinio o banquete es igual a de-ge-ne-ra-ción! Yo creía más bien que el symposion, además de ser un sgno de gran civilización, era un lugar para la amistad, la conversación, el razonamiento, las miradas, las sonrisas, el sabor de los alimentos, el olor de los perfumes, estolas azafranadas y togas albas, placer, sensualidad y amor. Las luchas de los anfiteatros siempre quedaban reducidas a “cristianos que son comidos por leones en el circo” (sólo había uno). Otro signo de “degeneración”. ¡Qué diferencia con la admiración que hoy -y también entonces, ¿por qué no decirlo?- generan los gladiadores entre los más jóvenes.

Las Ciencias Naturales eran cosa fina. Yo aprendí sólo Geología, porque mi profesor era geólogo y él, de Biología no quería saber nada. ¡Ni que tuvieran algo que ver! ¿no ves que lo uno son las piedras y lo otro son las plantas (como a zoología nunca se llegaba…)! Y lo de la ameba, eso sí que era misterioso, la ameba. ¡Una de amebas…! Yo pensaba que eran una especie de “almejas” que se escindían en sucesivas fases todas ellas terminadas en –sis (eso sí que era bonito: meeioosiis; ¡ahí es nada!). Los minerales me los aprendí todos. Sin ver ni un mineral en clase, los reconocía a simple vista. Ahora, ¡que no me preguntaran como eran las tramas reticulares y celdas de los cristales…! porque entonces volvía a sentirme un ignorante de tomo y lomo. ¡Con lo fácil que les resultaba a los demás…! Te los aprendes de memoria y ya está, ese era el consejo. Sufre lo menos posible. “Aprender de memoria”, esa era la tortura. Comprender, comprender, comprender, ¡habráse visto!

Sobre las matemáticas, hablaremos otro día. Lo de Rufini tiene narices. Y el anillo abeliano todavía lo estoy buscando en el estuche. Operar, operar, operar y convalecer, convalecer, convalecer.

POST DATA

La sensibilidad griega a la Belleza siempre me ha impresionado, desde los inicios con mi querida profesora Carmen Leonard en este Instituto de Soria. El griego es bonito desde el Alfabeto. Ya el primer día me emocioné. No me defraudó en absoluto. Recuerdo que esa misma tarde, al salir de clase fui repitiendo todas las letras una tras otra hasta que me las aprendí. Recuerdo también la primera frase que nos hizo aprender: ho ánzropos esti kalós kai agazós. Tenía Carmen un gran entusiasmo para que desde el principio viéramos que el griego no era una lengua como las demás, sino una lengua remota que encierra misterio (al curso siguiente traduciríamos los textos de los presocráticos) y te atrae descubrir cómo eran y qué decían esos maravillosos ánzropoi hellenoí. Pues bien, volviendo a la frase susodicha, confesaré con rubor que no “terminaba de entender” lo que era “kalós kaí agazós”, que ella traducía como “hombre de bien”, lo cual, dicho sea de paso me dejaba inmerso en la misma perplejidad.

Han sido para mí el Latín y el Griego una experiencia vital que ha marcado mi destino.  Yo no soy mero instructor de niños hacia la comprensión de temarios, sino un encargado (fas est; fas venit e fato) de transmitir a estos tiempos el alma y las palabras de nuestros antepasados.

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